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Benjamín “El Cananea Reyes”, el Pelón Mágico / Por José Hermilo Amezcua Domínguez

Paradójicamente, El Cananea nos citó en su antigua casa, el Parque del Seguro Social, lugar donde escribió sus mejores glorias deportivas. Curiosamente ninguno de esos dos gigantes existe, pero su esencia más importante aún queda en ambos, y siguiendo su estrategia y petición nos metimos al dugout de la eternidad y comenzamos la charla con el famoso “Pelón Mágico”.

-Hola Don Benjamín, un gusto saludarle y agradecerle el tiempo que nos está regalando para poder entrevistarlo y dejar plasmado un poco de lo mucho que usted significa para el beisbol mexicano, donde usted está considerado como uno de los mejores managers en la historia de ese deporte en México.

-Agradezco mucho sus palabras y más le agradezco que aun se acuerde de mí. Es un honor que la afición recuerde mi nombre y mi trabajo como manager. Este parque me recuerda los grandes triunfos que tuve con mis queridos diablos rojos del México. Me siento en casa y espero contestar tus preguntas con precisión. Han pasado tantos años.

– ¿Cómo inicio su gusto por el beisbol y por qué le apodaron Cananea?

-Mi gusto por el rey de los deportes surgió en mi niñez en Sonora. Vivía en un estado donde el beisbol era casi una religión y desde ese tiempo conocí todos los secretos de ese deporte y los puse en práctica todo el tiempo. El apodo de Cananea tiene su origen en que yo ahí me crie, aunque yo nací en la región de Nacozari.

 Comencé desde abajo, jugando en equipos de ligas menores hasta que los Charros de Jalisco me dieron la oportunidad de debutar Era muy bueno para correr y para robar bases, aunque muy pronto me di cuenta que dirigir era mi gran pasión.

La oportunidad de estar al frente de un equipo fue en 1969 con una novena de San Luis Potosí y en dos años me tocó tomar el mando de los Charros de Jalisco donde conquisté mi primer campeonato. En 1974 di mi gran saltó a los Diablos Rojos del México.

El “Pelón Mágico” escribió una gran historia con los Diablos Rojos del México conquistando los campeonatos de 1974, 1976, 1985, 1987 y 1988 de la Liga Mexicana de Beisbol, colocando su nombre en la historia como uno de los mejores managers del país. En 1988 alcanzó las mil victorias con los escarlatas.

Entre sus grandes hazañas, en 1981 Benjamín tuvo un paso fugaz dirigiendo en Grandes Ligas a los Marineros de Seattle, aunque no fue por mucho tiempo.

También conquistó la Serie del Caribe en dos ocasiones dirigiendo a los Naranjeros de Hermosillo y a las Águilas de Mexicali.

– ¿Don Benjamín, que le dio el beisbol y usted que le dio a ese deporte?

–El béisbol me dio una vida, una profesión, grandes amigos y la oportunidad de demostrar que un mexicano podía llegar hasta las Grandes Ligas. Yo le di mi pasión, mi conocimiento y mi manera de entender este deporte. Gané campeonatos, dirigí a grandes jugadores y dejé una huella en los Diablos Rojos.

Pero mi mayor satisfacción no fueron los trofeos, sino haber contribuido a que el béisbol mexicano creyera más en sí mismo. Porque los juegos se olvidan, los campeonatos pasan, pero el legado permanece.

–¿Cómo se definiría como beisbolista y como persona?

–Me definiría como un hombre apasionado, disciplinado y perseverante. Alguien que nunca dejó de aprender, que supo levantarse después de las derrotas y que entendió que dirigir no es solamente ganar juegos, sino formar personas. El béisbol fue mi vida, pero siempre tuve claro que, antes que los campeonatos, estaban el respeto, la honestidad y el amor por lo que uno hace”.

– ¿Como vivió su enfermedad y cómo la enfrentó y qué cambiaría de su vida?

-Cuando me diagnosticaron el cáncer, a finales de 1990, entendí que comenzaba el partido más difícil de mi vida. Yo estaba acostumbrado a luchar hasta el último out, pero esta vez el rival era distinto. En 1991 tuve que alejarme de los Diablos Rojos, aunque seguí pendiente del equipo hasta donde pude. No sé si uno está realmente preparado para morir; lo que sí sé es que nunca dejé de amar el béisbol ni de luchar por vivir.

¿Que qué cambiaría de mi vida? Quizá dedicaría más tiempo a mi familia, disfrutaría más los pequeños momentos y me preocuparía menos por las derrotas. Porque al final, los campeonatos, los aplausos y los récords se quedan en el campo. Lo que uno deja en el corazón de los demás es lo que verdaderamente importa”.

La entrevista esta casi por finalizar. Me pregunta por el Parque del Seguro Social. Le contamos que ya no existe desde hace 26 años. Se quita su emblemática cachucha que disimula su calves prematura y contesta con cierta nostalgia:

-¡Cómo no me va a doler que ya no exista! Ahí viví algunas de las páginas más hermosas de mi carrera con los Diablos Rojos. Aquel parque no era solamente cemento, gradas y un diamante: era la casa de miles de aficionados, el escenario de nuestras victorias y el lugar donde se construyeron recuerdos que siguen vivos.

Sin darnos oportunidad de preguntar, se adelanta. Sale del dugout y mira al infinito. Camina rápido y nos dice adiós, pero alcanza a despedirse con cierto aire de melancolía.

-Se que me lo vas a preguntar, pero mejor me adelanto. Me gustaría que me sigan recordando como un hombre que amó profundamente el béisbol, que supo ganar, pero también aprender de las derrotas; como alguien que ayudó a formar jugadores y que defendió siempre el orgullo del béisbol mexicano. No quiero que me recuerden solamente por mis campeonatos, sino por lo que aporté a este deporte y a la gente que creyó en mí. Hasta pronto.

Benjamín Reyes Chávez nació el 18 de febrero de 1937 y falleció en 10 de diciembre de 1991 a la edad de 54 años.

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